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Apuntes del verde

Disco Futi

José Preciado
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaUn pueblo extremeño

La discoteca era pequeña y oscura, y estaba enmoquetada hasta el techo de rojo Prusia, precisión cromática que frecuente y enfáticamente hacía la Futi, su dueña. El piso, que trataba de imitar parqué, era de linóleo, cuya proverbial adherencia impedía cualquier exceso coreográfico, salvo si se derramaba algún cubata, porque entonces la referida cualidad del pavimento desaparecía milagrosa y casi criminalmente. Sobre la pista colgaban dos bolas con espejitos para las lentas, y doce o catorce focos giratorios de colores para las movidas. Tenía una barra pequeña, de forma semicircular, en la que siempre había que aparcar en doble fila, y que era regentada por Mauricio, un cincuentón bigotudo y sudoroso que, cuando se emborrachaba, invitaba a Ron Negrita a palo seco —Qué lástima que el puto bloqueo no nos deje importar Habana Club, que os ibais a enterar— a todo el que estuviera dispuesto a escuchar el cada vez más florido relato de sus conocimientos carnales en Cuba. Mauricio, que era de Comisiones* (cosa que en su jefa provocaba un tumulto de sentimientos contradictorios) había ido hacía unos años a conocer a pie de obra la experiencia revolucionaria y solía trufar sus historias de mulatas con propaganda castrista: entre muslo y muslo, consigna. Contaba también el establecimiento con los servicios más guarros del hemisferio occidental y un reservado inicialmente previsto para parejas, pero siempre invadido por fumadores de porros, cuyas risas perpetuas impedían cualquier tipo de intimidad no tóxica.

Ponían mucho a Donna Summer y a Barry White, aunque también caían Rumba Tres y Georgie Dan. Si subías a pedirlo, podían sonar Queen y Led Zeppelin, aunque siempre a última hora. En las lentas siempre se oía a los Eagles, a Triana y a José Luis Perales. Y aunque todo el mundo la odiaba aparentemente, lo cierto era que Te quiero tenía mucha aceptación. La comprobación de este extremo pudo hacerse la noche en que se fue la luz en mitad de tan impresentable copla y pilló a toda la pista bramándose al oído el abominable estribillo.

Durante una época y para despedir la sesión, Satur, el pinchadiscos, tuvo la ocurrencia (lamentable para la Futi, que a esa hora estaba deseando perder de vista a su clientela) de poner a todo trapo Moody Blues, cantada por Elvis. La canción nos gustó, y como repite innumerables veces el estribillo, nos la aprendimos. Una vez adquirido el conocimiento, decidimos darle empleo, así que cuando calculábamos que la velada se acercaba a su final, nos sentábamos pacientemente a esperar a Elvis y a la patrona, que bajaba a esa hora a reconquistar sus dominios y comprobar los estragos del garrafón que escanciaba el barman. Al sonar las primeras notas de Moody Blues, nos levantábamos lentamente, y con cara de navajeros aprendida en las películas de José Antonio de la Loma, nos acercábamos hacia la desavisada empresaria hasta rodearla. Entonces, sobre el estupor de nuestra anfitriona, El Rey atacaba el estribillo y nosotros nos poníamos a cantar con toda la fuerza de nuestros pulmones. La broma, que pudimos repetir hasta tres sábados seguidos, acababa siempre con la violenta irrupción de Mauricio en el corro del orfeón, llamándonos cabrones y disipados. La Futi nunca dijo nada. Yo creo que le gustaba el acoso filarmónico.

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Copyright ©José Preciado, 1996-1998
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Fecha de publicaciónOctubre 1998
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