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Pensión Cariño

Germán Uribe
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaBogotá, cerca de El Cisne

No que yo diga que fuera éste o aquél, Cachifo o la Mariona Melguizo o el Tatabro Perea; la flaca Celina o Morrocoy Arrieta. Ni siquiera que el Trompeta Fernández o la Purita Escalante. No. Y, además, ¿por qué habría de ser el Trompeta? El Trompeta Fernández era violinista, no poeta. Pero de lo que sí ya no hay duda es que fue alguno de ellos. Supongo que el que fuera debió de haber estado trabado, con la materia gris entreverada, o por lo menos encarretado por la felicidad en el momento mismo de soltarnos tamaña ocurrencia. Porque darle por nombre, llamar repentinamente a nuestro modesto hospedaje de estudiantes nada menos que Pensión Cariño, no era sólo un apunte genial, o un recochazo brillante, sino la expresión audaz y temeraria de alguien que de pronto se ha sentido arrebatado por una alegre nostalgia premonitoria, por el adelantico delicioso de un grato recuerdo que aún no comienza, y que, sin embargo, ahí está con nombre propio, precipitado y dichoso sobre uno; una ofrenda en verdad muy acertada para los esquivos perfiles de la palabra amor, que empezábamos por entonces a descubrir. Todavía hoy, me quito reverente el sombrero ante el anónimo repentista de madrigales, ante el baquiano fabulador incógnito, ante el estafeta de requiebros y componedor de imágenes perfectas, estampillador de instantes memorables. ¡Cómo no! Y te lo repito, aunque no hubiese sido uno de ellos, como me lo han querido hacer creer, sino el tal Goyo San Román, poco me importa, si se tiene en cuenta que recoger en esas dos palabrejas —tan ramplonamente contrapuestas entre sí por los elementos poco comunes que se ofrecen para un legítimo apareo—, una expresión así de pareja y conmovedora en su ordinariez y ternura, de tan precisa eternidad y tan largo instante, no deja de ser el gesto más solidario que pueda idear la locura de un mocetón enamorado de su propia humilde pensión de estudiante.

Pero es que, si alcanzas a recordar en detalle, Cachifo, ¿cómo era la casa? A cuadra y media de El Cisne, en donde me esperaba siempre Marionita Melguizo para ayudarme en las tareas, sobre todo el francés, ¡bendita sea! Allí se levantaba su verdiblanca fachada que si no hubiese sido por lo cachaquita que la mantenía don Jenaro Escalante, el padre de la Purita, y también por lo salidota que estaba sobre la calle, nadie hubiese podido recordar aquel curioso y vetusto caserón que se metía con sus tres pisos y sus innumerables secretos hasta bien adentro de la manzana, casi hasta tocar la sexta. Tres plantas, sí, acordate Morrocoyo: la de arriba, misterioso e inhabitable zarzo atiborrado de chécheres y trastos y arcanos apacibles entre el polvo del tiempo; la de abajo, toda zócalo y túneles por los que se llegaba a un enorme patio interior enmalezado tal vez por azucenas, sanjoaquines y begonias revueltas y olvidadas, y que, digo yo con duda, podían ser tales, no porque esté fallo de la memoria y el magín, sino porque entonces poco nos preocupábamos por averiguar el nombre de las flores y de los perfumes, absortos como estábamos a la acechanza de las fragancias, y a la conquista de los brazos apretados y los suspiros sueltos. Y la del medio, la segunda planta, ¡ah! Flaca, no la podés olvidar, ¡qué nota de vividero! Un espacio que ensordecimos con los contagiosos zumbidos del amor y de la música, tú y yo, y el inolvidable Trompeta, a partir del momento aquel en que nos dejamos llevar emocionados por un letrero enigmático para nuestra bisoñería, pero afanoso y preciso en insinuaciones excitantes:

PENSIÓN
Estudiantes. Habitaciones privadas.
Esmerado aseo. Cómodos precios.

Nuestra gallada se iniciaba con suerte. ¿Privados? ¿Aseados? ¿Baratos? Quién dijo miedo. Adelante Tatabro, y te empujé adentro. Morrocoy y Cachifo se quedaron con la primera alcoba, la del balconcito herrumbroso que daba sobre los neones y el barullo de la carrera séptima. Luego venía ese largo pasillo bordeado por chambranas de macanas que se estiraba hasta la última de las habitaciones. Entonces, por ahí, más adelantico, sí nos fuimos acomodando nosotros. Bien adentrico, no vaya a ser que las luces y el ruido, dijiste escogiendo, Flaquita. Trompetica se quedó con la que daba justo a la escalera, la primera del corredor, mientras tú, Flaca, con guiñitos y esbozos de promesitas sabrosas, me indicabas la siguiente, la pegadita a la tuya. El resto se instaló en las otras, incluidos tú, Perea, el Goyo San Román y ya no me acuerdo quién más. Muy pronto nos desentendimos de las incomodidades: de los tabiques que nos separaban a los tres, a la gallada invencible, a la gallada poética, que sólo servían para despojarnos de la curiosidad de nuestras miradas, pero que nunca impidieron la tiraderita de los asaltos nocturnos, de las excitaciones atoradas, de los desvelos saltones, que de tanto llegar de uno y otro lado, terminaban confundiéndonos sin saber cada cual quién de todos, o si era que uno mismo había sido el de la pesadilla de la noche anterior; nos desentendimos del agua fría; de la ducha de tubo; del inodoro de cadena, pero con cabuya; de la falta de bidé que, para qué, tienes que reconocerlo Flaca, debió de haberte hecho mucha falta; e incluso del comedorcito al otro lado de las chambranas, situado allí como sobre horqueta, como suspendido en el aire, tembloroso, y que, con sus escasas mesas de mantelitos a cuadros, estaba siempre lleno para cuando nos acordábamos de comer; y así todo...

De Morrocoy y Cachifo y las miradas mochas que se lo pasaban echándose, poco volvimos a ocuparnos. Según dedujimos, se aplicaron a convivirse entre cuatro paredes, excluyendo con su maciza hermandad, la posibilidad de un tercero que les torciera el norte de sus disparates secretos, o le revelara al mundo lo que el mundo ciertamente no tenía ningún interés en saber. A veces sí, en el comedor, los consabidos saludos, las miradas puyonas. Y fue a partir de ese momento, lo recuerdo muy bien, cuando terminé por creer que todos somos como miramos y que nadie podía disimular el destino que tenía marcado en sus ojos.

En esos días fue cuando Trompeta empezó con el cuento de que no que él fuera chismoso pero que tu madre, Tatabro, le preguntó a la mía que si era cierto que no te alcanzaba el dinero, y te lo juro viejo que te la convencí a mi madre con lo del frío en Bogotá que le alborota el hambre a quien sea, pero qué va, que no era tanto lo gordo que te estabas poniendo sino lo consagrado al estudio que te estabas volviendo, que por eso ya ni tiempo nos quedaba para encontrarnos y que entonces, así sí, se me dificultaba darle más detalles.

Entre tanto, y mientras pasaban los días, nosotros, la gallada, nos fuimos apuntalando; fuimos ajustando el desconcertado mundo nostálgico de nuestras miradas con el incontenible y apetitoso deseo de conquistar unidos toda la vida posible. No, espera, déjame que te lo siga contando, permítanme el repaso, que al fin y al cabo, la felicidad de un hombre tiene que ver con la felicidad de todos los hombres, y nadie, y menos los que alcanzaron alguna alegría suprema, tiene el derecho de callarla porque su alegría es también la alegría de los otros. ¿O es que acaso la vida no se compone también de aquellos pedacitos de placer que nunca podemos olvidar? ¡Por eso!, si me pongo de un porrazo a revivirlo aquello, no es para sacármelo del cuerpo y echarlo al olvido así no más, no, por el contrario, es para contagiar a los otros, para contrariar de una vez por todas a la lechuza asustada que habita siempre el alma de los escépticos y que, alevosamente, se lo pasa buscando que todo aquello bueno que le ha sucedido a uno se le olvide y se empoce y se pudra. Pero no, no permitiré jamás que nuestros mejores momentos de la Pensión Cariño se transformen de instantes de gloria y de dicha en lodazales de remordimientos y olvido, así el destino, al final, nos hubiese traicionado. O quizás precisamente por ello.

Tú, Fernández, y tú Flaca Celina Arredondo, duchos exponentes de la heroicidad cotidiana, supieron arrastrarme hacia ese torbellino tornasolado de la música, el amor y la poesía con el que logramos desarmar por aquella época las sinrazones de una vida que de repente, sin habérnoslo propuesto, nos topamos los tres a un mismo tiempo.

Condicionados por nuestras restricciones de estudiantes pobres, encontramos, no obstante, en el versátil filón de los sueños —que era nuestra vocación común—, la tibieza de la camaradería, la prontitud del optimismo y el invulnerable blindaje implícito en toda solidaridad humana. ¿No creen ustedes acaso, todavía, que fueron esos sueños los que hicieron posible todo esto? ¿Todo aquello? Aunque para nosotros los sueños no eran una palanca o un trampolín sino un sentido, una explicación de la vida. Los convertimos en instrumento que nos permitiera encontrarle significado a este mundo y nos señalara de paso el modo más racional de circular por él.

A mí, gracias a ti, Trompeta Fernández, y a todo el trasfondo musical que rodeaba tu existencia, la idea que tenía del mundo me cambió. Desde allí, desde la Pensión Cariño, desde sus paredes rotas por tu música, tenían que partir las ideas macizas que harían más amplio el espacio vital que hasta entonces me creía señalado. Y desde cuando oí por primera vez el concierto número dos en do menor, opus dieciocho para piano y orquesta de Rachmaninov, el inexplorado universo de lo posible, y el desafiante proyecto de las opciones libres, empezaron a serme permitidos. Entonces fue cuando, con sensualidad fantasiosa, me metí de especialista en Gilels; cuando asocié a Fritz Reiner con Van Cliburn; cuando confronté a Geza Anda con Malcuzinski; cuando le robé —años más tarde, no importa, pero como si hubiese sido entonces— a una amiga bohemia salvadoreña de su barco-tugurio encallado en el tiempo inmemorial de las aguas sucias del Sena, en París, la interpretación del propio Rachmaninov acompañado por la orquesta Filarmónica de Filadelfia en un disco de la His Master´s Voice; y cuando, quién iba a creerlo, terminé interesándome en Valentina Kamenikova. Gracias viejo, gracias de nuevo.

Y qué decir de ti, Flaquita Arredondo: me abriste el mundo del amor sin contraprestaciones, como debe serlo, en una embriaguez tal de compinchería y frescura que, como era previsible, no podía quedar impune frente a los códigos sociales de aquellos tiempos. Contamos naturalmente para ello, con la capacidad inocente de Purita Escalante, aquella niña pequeña, pálida, de abundante cabellera y manos menudas, carnes duras y ojos claros, que se parecía tanto al retrato hablado de la fugitiva efigie de una leyenda céltica. ¿La Isolda de Tristán, acaso? Estábamos pues ya, inmersos los tres, en la fantástica realidad de un mundo lleno de amor, de música y de leyendas. ¿Cómo no iba a llamarse aquello, entonces, Pensión Cariño?

Pero esa hermosa composición, ese sublime cuadro del que tuve que descolgarme un día y al que jamás podré volver, se desvaneció en el transcurso de una lluviosa noche abrileña, cuando quizás de tanto goce y de tanta vida, sin poder soportar más el éxtasis enervante de los descubrimientos y las emociones, ustedes dos me sorprendieron con su huida.

—Esta noche —dijiste tú, Flaca Arredondo, aquella tarde de abril— el Presidente de la República va a dictar una conferencia en el Aula Máxima de la Universidad. Iremos los tres cargados de huevos y tomates y le barnizaremos el rostro a su excelencia.

Hiciste una pausa para tomar aire, y continuaste agitada:

—No soporto más esta urgencia política y no encuentro otra manera de expresarla. Aunque parezca extraño, la verdad es que los tres somos poetas y amamos demasiado la vida para ir de pronto a ofrecérsela obsequiosos a la boca del primer fusil.

Y remataste:

—Pero tampoco podemos quedarnos así nada más, con las manos quietas.

Nuestros cuerpos, recostados al pretil del puente de la veintiséis, a pocos metros de El Cisne, en donde seguramente a esa hora me esperaba Mariona Melguizo con sus consejos de gramática y sus promesas de amor, configuraban, bajo la persistente lluvia y la plomiza grisalla de la tarde, la urdimbre de imágenes que desde la borrosidad de un daguerrotipo sugiere el cuadro de un puñado de poetas melenudos e intrépidos fraguando una de las tantas conjuras definitivas en su vida. Fue cuando llegaron los P.M. con el quihúbole, Flaquita, acordate, que qué hacen aquí, que si son vagos o qué, y que lárgole o los encanamos. No era que fueran a detenernos, pero a amenazarnos y asustarnos, sí. Entonces nos fuimos para el Café Automático, bien lejos —¡Ah, buenos que somos los poetas para caminar!—, a continuar enhebrando conspiraciones y saltando con aquella facilidad con que solíamos hacerlo, de la curiosidad al desorden y del desorden a la inspiración. Que, ¿cómo? Pues ahí teníamos a toda hora los ingredientes indispensables para ello: el amor, la música y la poesía que a cada uno de nosotros le afloraba natural, como una urgencia de vida, pero que en cada uno de nosotros venía transformándose últimamente hacia requerimientos más trascendentes, empujando esas vidas pletóricas de imaginación hacia funciones más concretas, más sociales, más comprometidas y menos egoístas. Comenzábamos a politizarnos. La felicidad de uno solo de nosotros ya no podía seguir siendo la felicidad de los tres únicamente, sino que a través de algún mecanismo, que bien podría ser el que insinuaba la Flaca Celina, debía extenderse también a la felicidad de todos los hombres.

Pero lo cierto es que a partir de aquella noche, todo para mí fue confusión. No pude volver a distinguir con claridad entre el poder romántico de la Oda a una amiga secreta del Goyo San Román y la emotividad del combate sangriento y mudo de los huevos contra las granadas. Pero, en fin, mujer completa, la Flaca, ¡qué carajos! No podía ella sola con todo ese amor suyo metido en su pecho, ni con la ensortijada maraña de sus ansias desveladas.

Recordará Trompeta, las carantoñas compasivas que hizo, cuando al rato de estar ultimando los detalles para la guerra de huevos de esa noche en la Universidad, se apareció por allá el Goyo San Román con su pinta de intelectual apaleado y nos contó lo que le acababa de suceder.

—Mamá —le venía de decir en tono quejumbroso pero muy humilde a su madre— estoy en la olla. No tengo ni cinco, necesito dinero.

Y ella, nos lo dijo con los ojos todavía aguados por el estupor y el desengaño, importándole un pito la infelicidad que podía provocarle a su hijo, con urticante frialdad, le respondió por todo:

—¿Ah, sí? Y a usted, mijo, ¿quién lo mandó a meterse de poeta?, ¿ah? Y luego de contarnos el cuento, se nos quedó mirando en silencio con unos ojos alterados y descompuestos que no eran los ojos suyos.

Pero, cómo es de cierto aquello de que el mundo está enrevesado y la vida es sólo sorpresas. La estupidez, ¡uy!, ¡puf!, que le acababa de espetar la madre al Goyo, fue lo que lo reafirmó a él en su vida de poeta y lo que me exigió a mí, ahora, el rescate de estas cosas para que no quedaran en la impunidad o en el olvido.

Goyo, al rato, ya reanimado por el calor de los tintos y el ardor de nuestra solidaridad, comenzó a explayarse en sus entretenidos apuntes y en su cháchara genial, logrando convencerme unas horas más tarde, y contra la opinión de los otros, para que lo acompañara a la pensión en donde tenía cita con un vendedor de seguros que lo había entusiasmado para que se metiera él también al negocio. «Y en cuanto a tus versos», comentó que le había dicho el asegurador, «quizás te salgan mejor con unos pesitos de más»; argumento, según él, si no válido, al menos muy consolador para sus bolsillos vacíos. Goyo aceptó, y a cambio de que yo lo acompañara, prometió regresar conmigo y vincularse él también a la empresa revolucionaria que sus tres amigos de la Pensión Cariño llevarían a cabo aquella noche.

Ahora, pensándolo bien, la vida no es que sea sólo sorpresas y reveses; a menudo son también pausas y vacíos agazapados que nos asaltan sin remedio. Mientras Goyo hacía cuentas y se acomodaba al encanto de unos hipotéticos porcentajes que le permitirían tal vez regresar ante su madre un poco menos pobre pero mucho más poeta, el destino atravesaba en mi camino la figura pálida y sensual, pero esta vez viva y en actitud de entrega, de la fugitiva efigie de la leyenda céltica. Purita Escalante, con su larga cabellera, sus ojos claros, sus manitas menudas y sus carnes duras de adolescente atrevida, esperaba en mi cuarto. Loca y decidida, confiaba en lo profundo de mi amor y había resuelto atraparlo. Era el cuadro de la acechanza nocturna al santo advenimiento. Desde mi humilde lecho de estudiante pobre, allá en la Pensión Cariño, me reclamaban pues, aquella noche, los brazos y la risa de un amor en flor que no quería resignarse a una larga vida de mezquinos paladeos y equívocos tanteos, un cuerpecito virginal, urgido y anhelante, que exigía allí, y en ese mismo instante, todo, todo. Quería complementar su amor con mi amor en una entrega total, no tanto por averiguar qué pasaba, como por redondearle un sentido a ese hermoso cuerpo que se paseaba con su alma. No sabía, la pequeña ternura, que con la fuerza de su desborde vital iría a hacer más vulnerables mis principios políticos y a pulverizar del todo mi fibra poética. Pero, yo cómo hacía, ¿ah, Flaca? O, tú crees Trompeta que me iba a echar en retirada, ¿eh? Al fin y al cabo, pensaba: como si todo, en este mundo, no fuera traición desde el comienzo. De lo que sí pueden estar seguros es de que, aunque fue un trueque fatal e inexcusable, mi incumplimiento de aquella noche no fue una traición. Ustedes y yo sabemos que cualquiera de nosotros hubiera hecho lo mismo. Ahora, lo que definitivamente sí no sabía, era que mientras el segundo concierto de Rachmaninov se nos convertía en el único testigo posible para uno de aquellos voluptuosos arrebatos de amor a ultranza, la muerte, insólita, navegando con su dura obstinación trágica en forma de esquirlas de una bomba de gases lacrimógenos, acabaría aquella misma noche, y para siempre, con mi Flaquita Arredondo y el Trompetica Fernández.

Sólo así, enfrentada con la muerte, desaparecería la Pensión Cariño. Y ni así, porque no que yo diga que fuera éste o aquél quien le puso así por nombre, lo que ya poco importa; el que fuera, con su testarudo ingenio, nos la salvó del olvido.

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Copyright ©Germán Uribe, 1983
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Fecha de publicaciónEnero 1998
Colección RSSEl tiempo recuperado
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