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Ante el semáforo

Jorge Bogaerts
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Qualquer canção de dor
Não basta a um sofredor
Nem cerze um coração
Rasgado
Porém, inda é melhor
Sofrer em dó menor
Do que você sofrer
Calado.
Ch. B de H.

Vuelvo a casa desde mi trabajo. Estoy dentro del coche, parado ante un semáforo en rojo. Afuera hace mucho frío. Es un día gris de finales de otoño, la Navidad empieza a apoderarse de paredes y vallas publicitarias. Un par de hombres jóvenes trabajan en una zanja, en la acera, muy cerca del poste del semáforo. A su lado un hombre más mayor —seguramente el encargado— gesticula dando órdenes. Están acabando la tarea, uno de los jóvenes —ambos visten mono azul de dos piezas y calzan botas de agua, los dos son morenos y rizosos— recoge diversas cubetas y utensilios que seguramente habrán empleado en su trabajo. El otro joven trae —no sé de dónde— un escobón con el que empieza a limpiar el barro acumulado sobre la acera en los bordes de la zanja. El hombre mayor, bajo, de pelo cano, cubre su cuerpo de prominente estómago con un anorak verde. Con las manos en los bolsillos continúa dando instrucciones. No oigo nada de lo que dicen, en la radio del coche suena algo de Mozart que choca en los cristales herméticamente cerrados contra el frío.

En la esquina contigua al paso del semáforo aparece un hombre aún más mayor, es casi un anciano. Puede que no sea exageradamente alto, pero su extrema delgadez le muestra largo contra el cielo plomizo de comienzos de la tarde. Va pobremente vestido, una cazadora escasa apenas consigue, pese al estiramiento evidente, tapar huecos en el cuello y en el vientre. Dobla la esquina y sonríe. Sonríe y muestra una dentadura blanca y postiza, al mismo tiempo se abren un sinfín de profundos surcos en la piel apergaminada de su rostro.

Los otros hombres siguen atentos a su trabajo. El recién llegado se acerca por la espalda al del anorak verde que controla la marcha de la obra, le toca la espalda y antes de que el otro se vuelva le dice algo en tono amistoso. Sigo sin oír nada, me limito a interpretar toda la escena por los gestos.

El encargado se da la vuelta lentamente y encara al hombre alto y viejo. No sé qué expresan sus ojos, está de espaldas a mí. En la radio acaba de terminar el concierto de Mozart y un locutor comenta lacónicamente quienes han sido los intérpretes: la orquesta, el director, el solista, los cantantes y el lugar de centroeuropa donde ha sido grabado.

El hombre alto arquea su cintura escapular y tiende abiertas su mano derecha y una amplísima sonrisa.

La escena se congela unos instantes. No pasa nada. El hombre alto mira al encargado, mira a la mano del encargado. Sigue sin pasar nada. El encargado dice algo encogiéndose de hombros y se vuelve hacia el otro lado, hacia la zanja, hacia la carretera, hacia mi posición. Sus manos continúan en los bolsillos del anorak verde. El hombre alto no comprende, sigue con la mano extendida, mira al otro, le toca con la punta de los dedos en alguna parte del brazo señalándole la mano oculta, trata de que la extienda. Nada.

El encargado ya se ha dado la vuelta por completo. Sólo entonces saca su mano derecha del bolsillo y la alarga hacia atrás en dirección a su interlocutor, pero sin mirarlo, con un gesto despectivo, golpeando el aire con el envés.

Una expresión de desagrado primero y después de espanto se va apoderando del hombre alto que termina mirando al vacío con ojos aterrorizados. Dice algo más, es una mezcla de petición de explicaciones y última súplica. Una ojeada al entorno con el rabillo de los ojos delata que empieza a temer ser presa del ridículo. Se consuela al pensar que nadie ha observado la escena. Vuelve a hablar y sus palabras son evidentemente agrias. El hombre del anorak se vuelve hacia él se encoge nuevamente de hombros, dice algo que refuerza con un gesto de total escepticismo y tiende la mano en un gesto forzado, inamistoso y frío. El hombre alto vacila, duda durante una fracción infinitamente pequeña de tiempo. Un rictus de debilidad le atraviesa el rostro y acepta contrariado y vencido la mano que se le ofrece a destiempo.

El indicador de peatones del semáforo se ha puesto en verde. El hombre alto empieza a andar sin dejar de mirar al otro, aún parece quejarse y pedir aclaraciones. El hombre del anorak lo deja ir, concentrado en la obra de la zanja, y lo despide con un gesto indiferente.

El hombre alto comienza a cruzar la calzada. Mira a los lados repasando de nuevo la posibilidad de haber sido espiado. Un tic nervioso le crea un temblor que nace en las cervicales y se extiende hacia arriba tomando todo el cráneo. Trata de mantener la mirada alta, pero una mueca del rostro descubre mucha pena. Sus ojos quieren parecer duros y airados, pero son acuosos y están heridos. Justo al pasar ante la parte delantera de mi coche, se gira y durante un momento nos miramos. Hay casi una lágrima en su mirada. Una rodilla le tiembla ligeramente, tiene un leve cojeo que antes no había notado. Se guarda las huesudas manos en los raquíticos bolsillos de la cazadora y alcanza la otra acera, la otra orilla de la calle. Seguramente no tiene tan claro dónde ha de esconder su dignidad tronchada, herida por un rayo y hecha añicos.

Aún se vuelve y mira, a través de la gente que termina de cruzar apresurada, al otro hombre que sólo se ocupa de su zanja.

La luz del semáforo se ha puesto verde para mí. Pongo el coche en marcha, miro por última vez a un lado y al otro. Veo al hombre del anorak verde, y al otro que ya se aleja por la acera del bulevar. En la radio ha empezado un concierto de clave.

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Copyright ©Jorge Bogaerts, 1991
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Fecha de publicaciónMayo 1997
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