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Portada Biblioteca Relatos cortos El tiempo recuperado

El mono

Jesús Meana
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaUna granja en Chenarvan, cerca de Araq

El perfume del opio se lo había llevado la brisa del atardecer y los niños y los viejos comenzaban a sentir el cansancio. Nadie esperaba a Nader ni a la otra gente, pero habíamos encontrado la fuente de la juventud, el araq* resplandecía en el fondo de los vasos y los hielos flotaban en ellos, como icebergs de una noche que se prolongaría hasta nadie sabía dónde ni cuándo. La montaña era azul añil ya y sonaba el ulular de una ave nocturna. Había sido una agradable sorpresa la llegada de Nader y sus amigos, aunque no para todos, pues los mayores consideraron aquella autoinvitación desconsiderada... Para los menos mayores, sin embargo, había sido como lluvia venida del cielo... Asisjanum, no de muy buena gana, sacó una nueva botella de araq que nos apresuramos a repartir. Luego volvimos a la terraza con nuestros vasos y fuimos repartiéndonos por los rincones. La noche era ya completa y casi se nos empezaba a olvidar —otra vez— que estábamos en la República Islámica de Irán... Siempre pasaba esto, principalmente en la oscuridad... Todo se olvidaba y los rostros se hacían mucho más importantes que los hechos, lo que pasaba fuera se hacía mucho menos importante que, por ejemplo, los esfuerzos dulces de Mahmad por reconocerse adulto... La menta especial nos llevaba también a un punto de contacto. Pues a fin de cuentas no teníamos nada que ocultar. Sólo prolongar el tiempo, extender la noche y sus sombras.

Me sentía otra persona allí, más en control de mí mismo y de mis deseos, como privilegiadamente joven aunque ya no lo fuera tanto; habían pasado siete años, pero no lo parecía... Mientras jugaba con el tasbiz* Mahmad se acercaba, sonriente, con su tasbiz también, y las caras de los demás resplandecían en la penumbra violeta, envueltos en el repiqueteo del hielo fundiéndose con el araq y el humo de la marihuana... El manqal* crepitaba aún y aún ululaba también el búho o la lechuza mientras Pedarjan dormitaba y los niños se adormecían y buscaban el refugio de los que ya no se hacían la ilusión de estar recuperando ningún tiempo perdido, y las mujeres recogían en la cocina los restos de la cena. La montaña desaparecía ya del todo y la sonrisa fraternal de Mahmad seguía acercándose, incomodándome, porque me gustaba estar así, un poco al margen, observando, paladeando el araq y los cigarrillos y la marihuana y el sonido de las conversaciones.

Desde el atardecer la brisa de las montañas había comenzado a penetrar el valle. El abejarruco dejaba de hacer piruetas en el cielo cuando las luces comenzaban a desaparecer. Y los niños comenzaban a apaciguarse, cansados ya del largo día que iba apagándose, hipnotizados, quizás, por la aparición de los vasos y del hielo y del manqal. Poco a poco las sombras atenuaban los perfiles de las caras y el araq se disolvía en el estómago y en el paladar y en el cerebro con el perfume del opio que creaba torbellinos de perfume. Poco a poco, pero cada vez más deprisa, el araq lo teñía todo con sus pinceladas amarillentas, alimonadas. Había visto esta transformación ya antes, siete años atrás, pero al mismo tiempo era como la primera vez. Había oído la historia, también, otras veces... Las historias se repiten, circulares e incompletas. Pero esta noche sería la noche definitiva de aquella historia, la noche que yo recordaría hoy, ayer, por ninguna razón especial, debido a ningún designio, simplemente porque allí quedó grabada, un lienzo petrificado en la noche ya sin atenuantes, proyectada en los reflejos de las puertas corredizas de cristal de la terraza y en un cielo azul oscuro...

Lo trajo Sahib, el hermano mayor de Mustafá. Llegó con él un atardecer de verano, en el autobús de Araq. Mustafá trabajaba por aquel entonces para Teymour, era el capataz de la granja, yo tenía unos doce años. No nos lo trajeron directamente a nosotros, primero lo llevaron a la aldea. En realidad era un regalo para Mustafá, su hermano sabía lo mucho que le gustaban los animales, algo raro entre los aldeanos de aquellos contornos. Y a Mustafá le encantó, a pesar de que no era un animal dócil, todo lo contrario. Sahib contó que se lo vendió un mendigo en Abadán, por dos mil tomanes* todo el dinero que había podido ahorrar hasta graduarse del Servicio. Mustafá lo vistió con ropas de niño y rápidamente el mandril se convirtió en la atracción de la aldea.

Mahmad empieza a contarme esta historia que ya he oído anteriormente... Sentado en la mesa turca, su padre, que ha avivado de nuevo el manqal, cuenta la misma historia, en su versión original, a los que le rodean. Hace diez años que conozco a Pedarjan, pero aún no he podido escuchar una sola de sus historias directamente. Me sonríe, le sonrío, o alguien traduce unas frases de cortesía... Sé de él por referencias, lo que me dicen su rostro, sus movimientos. Pero eso es todo, a fin de cuentas. Su hijo menor se parece físicamente a él, mucho, y también a él le gusta contar. Hace siete años estaba todavía en la Universidad, justo saliendo con la novia que hoy es su esposa y la madre de su primera hija...

Un día el animal, quizás asustado por la algarabía de los niños, mordió a uno de ellos. Fue entonces cuando por primera vez le pusieron un collar y lo ataron. No pasó mucho tiempo cuando mordió a otro niño de la aldea. Mustafá ya no pudo hacer otra cosa que deshacerse de él. Pensó en matarlo, pero finalmente decidió probar algo más. Pedarjan, el padre de su jefe, podría conservarlo vivo, los señores nunca parecían cansados de novedades... Y Chenarvan sería un lugar perfecto para él.

El animal se aclimató a la perfección en Chenarvan. Pasar de la polvorienta aldea de Esabé al frondoso valle de Pedarjan cambió por completo la personalidad del mandril. Ya no se le notaba tímido, asustadizo, irritado ni confuso, más bien parecía sentirse de regreso a un hogar perdido desde hacía mucho, pero no olvidado. Cada día se le veía menos y cuando se le veía era sólo por unos segundos, apenas el momento en que escapaba otra vez para esconderse entre la espesura de los árboles y de los matorrales. Pasado algún tiempo, sin embargo, su comportamiento volvió a dar un giro y empezó otra vez a hacerse más visible. Del mismo modo que se había alejado invirtió su comportamiento y su presencia se hizo cotidiana. Ahora se le veía deambulando por los pasillos y las habitaciones de la casa, demandando comida y atención. Llegó a ser tan audaz que era difícil contradecir sus deseos... A mi padre le divertía mucho y se reía de la desconfianza que mostraban los trabajadores hacia el animal. Pero era él quien estaba equivocado. Y demasiado pronto tendríamos ocasión de comprobarlo.

Como te decía, los trabajadores le habían dicho a Pedarjan que el mandril era agresivo, que les había gruñido o atacado en repetidas ocasiones, él no se lo quería creer, atribuyendo su miedo a la ignorancia de los aldeanos. Pero lo cierto es que sí se había mostrado violento, más de una vez, especialmente con los hombres, y también era cierto que su comportamiento era extraño cuando había mujeres cerca. Era un animal adulto, bien alimentado y completamente solo, sin ninguno de su especie con el que comunicarse, con el que compartir sus... cualquiera que sean las emociones que comparten estos animales... No es difícil ponerse en su lugar... Debía de estar enloqueciendo, sin que nos diéramos cuenta...

Pedarjan sigue contando también la historia, con su voz pausada, removiendo de vez en cuando las ascuas del manqal. Todos esperamos con calma nuestro turno, el turno de sentarnos a su lado y de poner nuestros labios en la pipa y soplar hasta que el opio empiece a burbujear para comenzar justo en ese instante, ni una décima de segundo antes o después, a aspirar profundamente, reteniendo el humo con nuevas aspiraciones y sentir el humo girando en la mente, tiñéndola con su magia antigua y empalagosa. Hasta que esto sucede nos complacemos en observar al afortunado que durante unos minutos se aleja en su propia búsqueda, saboreando un poco con él, a distancia, el aroma prohibido.

Una noche estábamos cenando, aquí mismo, Pedarjan, mi madre, yo y dos tías que habían venido a visitarnos, tía Afsaneh y Moná, creo que no la has conocido, vive en Alemania ahora, con sus hijas... Como te decía estábamos cenando, tranquilamente, cuando de pronto apareció. Saltó desde algún lado, creo que estaba encima del tejado, y se subió a la mesa. Tía mona se asustó y pidió a su hermano que encerrara al animal, Pedarjan le dijo que no era peligroso, que no se preocupara... Y seguimos comiendo. Mi tía, sin embargo, no le quitaba el ojo, y el animal parecía notarlo y no dejaba de acercarse a ella...Todo fue muy rápido, no tuvimos tiempo de evitarlo, aunque quizás todos sabíamos que algo iba a pasar... Pero desde luego no esperábamos que fuera aquello... Se subió a la mesa y miró a mi tía con los ojos encendidos en furia, luego tiró del mantel y el ruido de los vasos y de los platos y de los cubiertos se mezcló con el grito de terror de tía Mona y el aullido del mandril.

—¿Qué pasó?

—El mono le arrancó un pedazo de carne del brazo y saltó, desde esta misma terraza, perdiéndose en las sombras. Pedarjan fue el primero en recuperar la cordura, vendó a su hermana y nos calmó a todos. Tía Mona le pidió que la llevara al hospital, asustada de que el animal estuviera rabioso... Por supuesto eso era imposible. Tía Mona, mi madre y tía Afsaneh pasaron juntas la noche en una de las habitaciones, mi padre me encerró en la mía...

Nunca me olvidaré de aquella noche. Yo tendría unos doce años y, claro, veía a mi padre con los ojos propios de mi edad, un ser gigante, sin miedo a nada ni a nadie... Pero aquella noche Pedarjan no disimuló ante mí que estaba asustado, y lo hizo sin pretender ocultarlo, viniendo a dormir a mi habitación. Mi padre me contó que aquel animal había pasado horas golpeando la ventana y mirando a través de ella con una expresión demoniaca. Me confesó que tuvo miedo de que rompiera el cristal y le matara.

A la mañana siguiente Pedarjan mandó llamar a Ramatola y le ordenó que buscaran al mono y lo atraparan. Durante días no se le vio. Finalmente, una semana más tarde, lo cogieron. Lo ataron con una cadena y lo encerraron ahí, en esa casa donde ahora viven los afganos. Pasaron semanas y nada pasó, a veces Pedarjan hasta hablaba de soltarle de nuevo... Una noche estábamos cenando, cuando escuchamos gritos y un estruendo... Miramos a nuestro alrededor y rápidamente nos dimos cuenta de que faltaba alguien, mi sobrino, Hosein... Corrimos abajo, intentando localizar el lugar del que provenían los gritos, no era difícil de adivinar de dónde venían.

Mi bebida se ha acabado y también la de Mahmad, nos escurrimos a la cocina, donde, por arte de magia, ha aparecido una nueva jarra de araq... Aparece Nader, sonriendo de oreja a oreja, y los tres sonreímos, de oreja a oreja, mientras llenamos los vasos, y brindamos, por nada en particular, por el privilegio de estar juntos, y hablamos sobre lo que haremos después, adónde iremos, a la casa de los padres de Nader, o a Khomal, o nos quedaremos aquí, todos juntos, los «jóvenes», charlando y bebiendo y fumando hasta el amanecer...

Hosein estaba en un rincón, sangrando, el mono gruñía en el otro extremo de la habitación. Hosein creía que podía comunicarse con los animales, pero no pudo hacerlo con aquél. El mandril lo levantó en volandas y lo arrojó contra la pared. Lo hubiera matado si no hubiéramos acudido a tiempo. Pedarjan decidió por fin que ya había tenido suficiente paciencia con aquella bestia.

Por la mañana, Pedarjan llamó a Ramatollah y le ordenó que matara al mandril. Unos minutos después llegaron Ramatollah y dos obreros, llevaba un saco con un bulto grande, era el mono. Le preguntaron que qué hacían con él y Pedarjan les dijo que por el momento lo dejaran allí, bajo la mesa, porque tenían algo urgente que hacer. Lo dejaron, entonces, y se marcharon, dejando el saco ensangrentado allí. A pesar de que estaba muerto me asustaba el hecho de quedarme allí solo con él, así que me fui detrás de ellos.

Cuando volvimos el saco estaba vacío. Mi madre estaba pálida, como si hubiera visto un fantasma. Apenas pudo contarnos lo que pasó. El animal no había muerto, se había escapado saltando, otra vez, por la terraza. Ella lo había visto con sus propios ojos y había visto su mirada, una mirada de rencor y rabia infinitos. Mi padre ordenó entonces que todos los trabajadores dejaran de hacer lo que estaban haciendo y dieran una batida por Chenarvan en busca de aquel monstruo. Durante horas lo buscaron por todos los rincones, incluso trajeron perros, nada, no había ni rastro de él. Casi nos habíamos vuelto a olvidar de él cuando un día aparecieron dos trabajadores con el cadáver del animal. Lo habían sorprendido escondido en los establos y allí mismo lo mataron con sus palas. Pusieron el cuerpo destrozado sobre la mesa y quedó allí rígido, acartonado, esta vez sí le había llegado su hora... Mi padre no se fiaba todavía y les ordenó que hicieran una caja de madera y lo metieran en ella. Cuando la caja estuvo terminada y el mono dentro, la cerraron con clavos y la llevaron en el Jeep hacia Esabé. Pusieron la caja en un pozo seco que hay a la entrada de la aldea y lo taparon con rocas. Esta vez hubiera tenido que ser el mismísimo diablo para salir de allí.

Pedarjan ha terminado su historia y Mahmad también, casi al unísono. Ahora Pedarjan enciende la radio y busca la Voz de América, la busca como a él le gusta oirla, sin sincronizar bien las ondas. Los niños se han dormido y la noche se hace aún más mágica, sin el sonido tan real de sus voces y la silueta patriarcal de Pedarjan con su radio de onda corta y los «jóvenes» sentados en círculo en el salón, contando chistes y filosofando y liando canutos, Pero lo que parecía que iba a ser el verdadero comienzo de una noche larga y dulce va a terminar aquí, porque el doctor Murciélago ha decretado que es hora de volver a Khomal, y aunque a todos nos parece un acto de egoísmo tiránico, todos sabemos demasiado bien que haremos lo que él desea...

—Ha sido una historia increíble...

—Sí, pero no ha terminado

—¡Venga ya! No me digas que no estaba muerto aún...

Quizás sí era el diablo, porque a la mañana siguiente, la caja yacía vacía y destrozada fuera del pozo, y el mono o diablo, por supuesto, no estaba allí. Si se había escapado por sí mismo o si alguien escuchó sus gritos y le abrió nunca lo supimos. Sin embargo pronto tuvimos noticias de él. El animal llevaba varias semanas viviendo en la casa de unos campesinos de Jará y su presencia había causado una especie de guerra de celos entre las dos aldeas, Jará y Ezabe, que se disputaban su posesión. Cuando Pedarjan se enteró de que el animal estaba allí mandó a Ramatollah para que los avisara del peligro que era tener aquel animal y que les pagara el dinero necesario para que se lo entregasen para matarlo de una vez por todas. Cuando Ramatollah llegó a la aldea, el mono ya no estaba allí, y había dejado trás él, su secuela, dos niños mordidos y un pueblo enfurecido. Parece una historia de mentira, y yo tampoco la creería si no hubiera sido parte de ella... Pero es una historia verdadera...

—¿Volvió a Chenarvan?

Volvió, sí. ¿Por qué lo hizo, quién sabe? Mi padre mandó llamar a Mustafá y le pidió que le ayudara a deshacerse del animal. Unas horas después lo encontraron, tras derribarle de un disparo, Mustafá lo degolló.

Mucho más irreal que la historia del mono son las siluetas del Jeep y del Patrol y de las despedidas forzadas sumergidas en la noche apenas iluminada por la mortecina luz suministrada por el generador, y mucho más irreal es el polvo nocturno de este desierto hermoso taponando nuestras narices mientras penetramos la penumbra muda sin entender por qué lo hacemos, por qué dejamos la montaña, por qué dejamos a Pedarjan allí sólo con su radio de onda corta, por qué una historia fantástica encuentra su fin y nosotros nos perdemos en la misma encrucijada que hemos ya pasado tantas veces... No importa tanto, a fin de cuentas. En Khomal nos espera otro vaso de araq, más menta especial, y la mañana aparecerá otra vez, llena de tiempo y de espacio.

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Copyright ©Jesús Meana, 1996
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Fecha de publicaciónDiciembre 1997
Colección RSSEl tiempo recuperado
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