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Asesinato en el laboratorio de idiomas

Alm@ Pérez
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El cuerpo había aparecido degollado en el laboratorio de idiomas, entre las cabinas doce y trece, con un dibujo obsceno en la nalga izquierda. El tosco dibujo consistía en un pene en erección atravesado por una jeringa. Las especulaciones abordaron la estrafalaria posibilidad de una venganza feminista: un grupo de lesbianas agresivas blandiendo jeringas contra las nalgas homofóbicas del profesorado de español. Mientras los reporteros multiplicaban fotografías y comentarios extravagantes, me acerqué discretamente al encargado del laboratorio, un hombre pequeñito y medio calvo que me miraba desconfiado mientras le preguntaba datos sobre el difunto.

No conocía bien al finado, pero le había visto en varias ocasiones hurgando entre los cassettes de italiano y el material audiovisual. A veces se quedaba horas en las pequeñas cabinas con la mirada fija en las imágenes subtituladas. No parecía tener gustos especiales en su elección. La noche del asesinato se había decidido por una película china subvencionada por el Ministerio de Cultura del país, que hacía una apología solapada del gobierno comunista. Ese tipo de películas y las de Almodóvar parecían dominar la lista de la selección que el difunto, el profesor Martínez, había devorado en los últimos dos meses.

Augusto Javier Martínez, profesor de literatura decimonónica del Midwest College, era oriundo de un pueblecito de Guadalajara. Agobiado por unos padres abusivos y las limitaciones culturales, Martínez decidió solicitar una beca de intercambio que una entidad bancaria facilitaba con una Universidad del Sur de los Estados Unidos. La posibilidad le había siempre fascinado. América tenía el esplendor de las películas de John Wayne y el perfume exuberante de la no menos Marilyn. La Marylin, mito de los sesenta que dominaba su imaginación y la pared blanca de su ordenado apartamento.

La cocinera, señora María Smith, no conocía los hábitos del profesor, pero siempre le pareció sospechoso por un instinto innato a la desconfianza. El pobresito profésor Martines, siempre en su casa, frente al computer. Señor muy listo y reservado, había algo raro en él. Aquella mañana había chequeado su mail y parecía más raro de lo normal.

Hurgando en la papelera recuperé una nota a la que la policía local, chapucera ella, no había prestado atención. Pub Miroir, Pine 142. Y allí fui, a las 8:00 de la tarde, esperando sacar algo en claro de todo aquel enredo en que mi amigo Pedro me había metido.

Hacía tiempo que me había alejado de la investigación privada por motivos que no vienen a cuento. Ahora estaba decidida a reempezar una vida académica que había abandonado harta de la política asfixiante de los varios departamentos que intenté. La muerte del profesor Martínez me interesaba por lo que había en común con mis propias frustraciones. Yo también había nacido en un pueblecito de provincias de España, creciendo en un barrio marginal de Madrid donde mis padres se habían instalado de por vida. Allí, en Madrid, es donde había ejercido la investigación privada más por solaz que por las magras y poco consistentes remuneraciones. Me fascinaba la sordidez de los encuentros y desencuentros pasionales. Disfrutaba la sensación del riesgo entre vomitonas de los barrios bajos o los perfumes de las damas que aparecían en la revistas de moda. Pero aquello se acabó desde que vine a USA escapando de mis propios fantasmas, como todos los que venimos a este paraíso inclasificable.

Así que, en realidad, mi buen amigo Pedro no tuvo que insistir mucho en que me encargara del caso. La entidad para la que trabajaba Pedro, una empresa editorial de índole tanto religiosa como sensacionalista en la que también había participado el propio Martínez, me había ofrecido una suma nada despreciable como anticipo de los derechos del morboso mercado al que servía. Tenían especial interés en que una persona próxima al contexto académico diera luz sobre un caso turbio que la policía local chapotearía hasta poderlo dar por cerrado si no se producía otro incidente. Por su parte, la universidad, pequeñísimo colegio de provincias, haría lo posible por enterrar el bochornoso suceso, ignorándolo tan pronto como fuera superado el escándalo del momento. Como sucedió que yo estaba merodeando por zonas próximas al Midwest College, bastaron apenas un par de horas para presentarme frente al cuerpo del delito.

Miroir era un bareto adyacente a la calle principal y única arteria de aquel mal llamado pueblo. Me puse junto a la ventana a ver pasar los coches grandotes y los camiones destartalados que avanzaban pesadamente de un extremo al otro de la calle-pueblo. Desde aquella posición podía observar los límites del mismo. Más allá de ambos extremos de la carretera no había absolutamente nada. El horizonte azul dividido en pentagramas telegráficos se repetía a sí mismo hasta el infinito. Cómo podía cometerse un crimen en ese contexto estéril era algo que parecía insólito, o perfectamente lógico, según se mire.

Hacia las 8:30 entró un señor atocinado con gorra de béisbol de los Yankees que se sentó en la barra. La camarera, alta, de rasgos orientales y fuerte acento, le ofreció familiarmente un vaso de cerveza que el grasiento señor engulló al instante. Los pantalones apenas lograban cubrir las pesadas nalgas, por lo que el gigante tenía que subírselos a cada rato con un gesto brusco. Miró hacia mi mesa y me sonrío al tiempo que soltaba un eructo. Sonreí a mi vez, fingiendo coquetería cervecera, de puta barata. Se acercó masticando un «puedo sentarme, muñeca» y con un movimiento pesado se sentó la mole bloqueando una sección de la calle.

Me inventé inmigrante del sur al tiempo que el monstruo, George Puckey, me contaba su no-historia. Finalmente, pude llevar la rústica conversación a su cotidianidad en el bar Miroir. Me dijo que allí había marcha, y me hizo un guiño. Me señaló con un índice grueso y manchado de grasa una puerta que, de no ser indicada, pasaría totalmente desapercibida. Acepté acompañarle a la puerta con mis sensores alerta por si las moscas. Dentro, en la penumbra, una barra de bar, copia fiel de la que habíamos dejado, permanecía en la oscuridad y en un silencio de animal en reposo. Fingí no comprender el propósito de aquel otro bar al tiempo que la mole empezaba a tocar mi trasero. Me insinuó que allí había, ciertas noches, intercambios ilegales: putas, drogas, maricones, mariguana, María que rica estás. Bofetón. Antes de irme, ostentando indignación le doy mi teléfono porque, a pesar del descaro, me gustó el mozote, y no estaría mal fumarnos un porro en el otro lado del bar de la calle Pine. Entre desconcertado y satisfecho, el animal me entregó una sonrisa imperfecta y amarilla sin quitar los ojos de mis tetas. Vale guapa, me gustan difíciles.

Tenía dos horas antes de que cerraran el laboratorio audiovisual que había sido finalmente rescatado a la curiosidad del público, sin rastro ya de cadáver. Empecé a ingerir las mismas películas del atracón del profe muerto. Auriculares, moviola, y una china que aparece y desaparece en sus cuitas político-amorosas de un gobierno prerevolucionario. La muchacha con sus ansias libertarias en una sociedad que la oprime como mujer y como individuo. Y esos primeros planos, tipo Hollywood, de una boca carnosa y de un cuerpo mórbido carente del estereotipo frágil de la mujer oriental.

Almodóvar resultón, paródico, tomándonos el pelo a todo español que presuma de tal. Edulcorado con colores horteras: ahora una peluca, ahora un juego de intercambio de sexos donde menos te lo esperas. Y esos ojos de la Manolo, y ese cuerpo de Bibí Anderson que recarga modulaciones de luz.

Me llevo el resto de las cintas al apartamento que Pedro me ha facilitado. Sigo hipnotizada por el despliegue de formas y colores hasta más allá de las cinco de la mañana. Cuatro horas más tarde, desayuno con la jefe del departamento de Lenguas Romances.

Croissant, huevos revueltos y zumo de tomate con pimienta y sal. Alicia Jiménez, profesora murciana de literatura peninsular, especialista en mujeres poetas contemporáneas, parece dada a las confesiones.

—No es fácil para una mujer dominar en este mundo de hombres, tú debes de saberlo muy bien. A eso hay que añadir las tensiones tradicionales entre la sección de francés y la de español. (Muerdo el croissant.) Nuestro departamento ha sido dominado por los de francés sistemáticamente, en contra de la realidad social del país en que claramente domina el español. Parece una conspiración del sistema para anular el tremendo potencial de nuestra cultura... Finalmente..., me dieron a mí la posición de jefa quizás sólo porque soy española, ¿te puedes creer? (pausa dramática), sólo porque represento, en este juego de estereotipos, los símbolos del imperialismo y demás. Una mierda en verdad.

—Pero quizás ahora tienes el poder de modificar esos estereotipos. ¿No? —La tuteo, animada por su iniciativa, a la que estoy por lo demás acostumbrada seguramente porque mi aspecto pequeño y gordete invita al tuteo y hasta a la palmadita de suficiencia.

La doctora Alicia Jiménez no es muy alta, lleva grueso maquillaje y unas bolsitas azules bajo los ojos que hacen pensar en noches de insomnio. Viste con un aire que aquí suele calificarse de «europeo», es decir, no identificable con la imagen habitual de muchas de las mujeres del Midwest americano: pelo esculpido semipermanentado, vaqueros de diario, flores y encajes en los cuellos los domingos. La doctora Jiménez, por el contrario, lleva pantalones de pinza y una blusa gris que deja transparentar, muy levemente, el sujetador blanco. Después de una discusión sobre las poetas postnovísimas, me habla finalmente de Martínez.

—Curioso personaje. Era muy reservado fuera y dentro del departamento. Apenas participaba de las actividades sociales que organizamos. Por ejemplo, todos los primeros viernes del mes tenemos un... gathering social, quiero decir, una fiestecilla en la que nos tomamos un vino con queso y a la que están invitados los pocos estudiantes graduados que tenemos. Ahora que recuerdo, de las dos o tres veces que Martínez vino a las charlas, una fue el viernes pasado.

—¿Quién más vino a la fiesta?

—Los de costumbre. Mario, especialista en colonial. Skilling, medievalista. Su mujer, Susana, medievalista también. Phillipe, James y Mary de francés... Te paso una lista si quieres.

—¿Quienes vinieron entre los estudiantes graduados?

—Miguel, quiero decir, Michael Keith, es uno de nuestros habituales. Chico dinámico pero un poco ligero de cascos. Lleva aquí más años que el obispo, quiero decir, que el doctor Johnson. Y no sé, no conozco los nombres de los estudiantes de francés... Pero también vino el viernes pasado la novia de Miguel, Chan Li. Cosa rara, porque la chica es tan tímida que apenas se atreve con la hipocresía de nuestra pedante conversación... En realidad, la fiesta es exclusivamente para nosotros y nuestros delicados egos e, inconscientemente, excluimos a los estudiantes graduados en cuyo entusiasmo reconocemos nuestro propio idealismo fracasado... Nosotros, profesores en un lugar perdido, a pesar de nuestra pedantería, sabemos que apenas somos dinosaurios de película B.

Antes de que se dispersara en su afligida elucubración quise bajarla a la mesa del comedor universitario donde mi segunda taza de café aguado se había quedado fría.

—Esa Chan Li. ¿Era estudiante de español o de francés?

—De español. Y, por cierto, estaba haciendo su tesis con Martínez. No sé que va a hacer ahora, la pobre. A estas alturas, y con el MLA encima.

—¿Dónde vive la chica?

—En el dormitorio de mujeres. Aquí son tan puritanos que tienen dormitorios separados para chicos y para chicas. A las 11 de la noche toda persona del sexo opuesto debe desalojar el dormitorio respectivo. Ridículo. Lo curioso del caso es que, efectivamente, el número de embarazos entre las estudiantes se ha reducido considerablemente a partir de la aplicación de esa regla. La ansiedad paternalista no puede, al fin y al cabo, ignorar la promiscuidad sexual de estos críos que a pesar de la falsa libertad siguen extraprotegidos. Apenas les dejan crecer...

Antes de salir bebí con asco el resto de mi café y añadí un par de dólares a la generosa propina. «No se preocupe», insistió la jefa haciendo un gesto cómplice; «también la propina la pone el departamento», añadió.

Chan Li compartía el cuarto con una anglosajona voluminosa que se movía con una agilidad que contradecía su peso. Li ocupaba la parte inferior del cuarto, que tenía una apariencia simple y meticulosamente ordenada, llena de algunos objetos esenciales delicados y convencionales. En la parte de arriba, sobre un loft o entramado de madera, se disimulaba el desorden de la anglosajona. El cuarto olía a estofado de lata que, sin duda, la segunda acababa de preparar en un hornillo para el efecto, y en contra de las restricciones del dormitorio que no permitían cocinar en los cuartos. Después de disculparse por un tremendo eructo que me recordó a George, Shanon me comunicó que Chan Li seguramente estaría con Michael en la sala de ordenadores de la biblioteca porque mañana era la fecha límite para solicitar una importante beca que Li quería obtener. Y hacia allí mi dirigí.

La primavera sentaba de maravilla a los chicos y chicas que exhibían sus sonrisas de anuncio publicitario con solidaria arrogancia. Los movimientos eran suaves o precipitados, dependiendo de los apretados horarios de los estudiantes. Entre bicicletas y saludos neutros, llegué a la mole de la biblioteca, que se distinguía por un aburrido estilo rectangular y unas amplias escaleras en las que algunos mozos y mozas se estiraban al sol. Después de pelearme con el personal de la entrada que literalmente radiografió mi morena presencia en aquellas instalaciones del saber, alcancé la sala de ordenadores situada en la planta quinta.

Fue fácil reconocerlos en aquella amplia sala repleta de gorras de béisbol cuyos portadores se afanaban en aporrear las teclas del ordenador. Unas horas más y la tortura del trabajo acabaría y casi todos, gorras en ristre, podrían disfrutar de la merecida cerveza del viernes por la tarde. Por supuesto, prácticamente ninguno tenía los veintiún años exigidos para el consumo de alcohol.

Chan Li depositó su mirada oriental sobre mí a medida que me acercaba. Tenía rasgos redondos y ojos abultados. Su tez era morena y sus labios gruesos y sensuales. Mike-Miguel acariciaba en movimientos verticales la espalda de la chica con la mirada fija en la pantalla de fondo azul del ordenador, completamente abstraído. Era la última sección de la pesada solicitud. Entre los impresos oficiales esparcidos por la mesa adyacente pude advertir la firma del director de tesis, Dr. Martínez.

Me presenté como candidata a estudiante graduada de español y les indiqué que quería saber su honesta opinión sobre el departamento. Miguel tomó la voz cantante de inmediato.

—Verás, éste es un departamento pequeño, hay pocos especialistas interesantes. ¿Qué campo te interesa?

—No estoy muy segura todavía. Me interesa el periodo moderno, principalmente la cultura finisecular —aventuré a decir. Sabía que Martínez trabajaba en el XIX, pero todavía no había tenido ocasión de rastrear su investigación más reciente.

—¡Qué coincidencia! Precisamente Li está pidiendo una beca basada en su investigación sobre el fin de siglo.

—Me encantaría conocer ese proyecto.

Li pareció dudar un momento, y al final se decidió.

—Mi trabajo conecta el fin del siglo XIX con el fin del siglo XX. La situación de crisis, las metáforas epidémicas de origen sexual como la sífilis o el AIDS respectivamente...

SIDA —corrigió Mike-Miguel. Parece que la muchacha no apreció la interrupción.

—El SIDA —corrigió Chan Li—. Creo que es un tema con mucho potencial.

—¿Se trata de tu tesis? —aventuré.

—Sí —respondió, y pareció oscurecerse un poco su mirada.

—¿Cómo vas con la tesis? —insistí.

Parecía un poco infeliz ante la pregunta y Mike se decidió por ella:

—Ahora está estancada, necesita cambiar de director de tesis pero, como te dijimos, hay pocos especialistas en el departamento. Su ex director era un fenómeno en ese campo. Estaba como una chota pero tenía mucho talento, todo hay que decirlo, ¡joder! Al muy cabrón se le caía la baba con la Li. El pobre iba super quemao, pero a mí siempre me pareció un poco marica. ¡Coño!

Mike se enorgullecía de su desparpajo español aprendido admirablemente en una larga visita escolar a España. Para enfatizar su dominio solía adornar su verborrea con tacos que no venían a cuento. Li parecía un poco desorientada. Finalmente, se decidió a hablar otra vez, desviándose del terreno que había abordado su amigo.

—Quizás cambie el tema. Sé que a estas alturas no es muy inteligente, pero me siento incómoda ahora después de... Tengo que presentarme al MLA en diciembre y he de tomar una decisión. De momento, creo que es útil procurar conseguir cierta seguridad con esta aplicación para el gobierno.

—Me parece muy bien —asentí.

Llegué a casa definitivamente agotada. En el contestador una luz parpadeaba indicando tres mensajes. El primero era de Pedro. Que cómo iba, que llamaría más tarde. El segundo de George, invitándome, creo, a una cita esa misma noche. Tuve que rebobinar el mensaje tres veces para poder entenderlo. El tercer mensaje fue sólo un silencio largo. Evidentemente, la persona que llamó no quiso ni colgar ni hablar, procurando con ello imponer cierta inquietud. A punto de echarme un rato en la cama, suena el teléfono. Tardo un momento en decidirme a coger el auricular. En el otro lado de la línea telefónica, el saludo inconfundible de Pedro.

—Hey chica, ¿cómo estás? No hay manera de pillarte. ¿Cómo va todo?

—A medias, pero necesito que me des alguna información.

—Lo que quieras. Pero antes tengo que darte malas noticias. La empresa que me pidió contratarte ha cambiado de opinión en su interés por el caso Martínez. Parece que se empiezan a interesar por otro suceso que ha ocurrido en el este del país y que podría dar suculentos beneficios a su sección sensacionalista. Una mujer que castró a su marido... Un tinglado. Pero dime.

—Mientras que me paguen... Oye, me tienes que decir a qué se dedicaba el finado recientemente y qué hacía para tu editorial.

—Martínez se había interesado recientemente por la teoría sociosexual, o algo así, del fin de siglo pasado. Crisis, enfermedades venéreas, decadentismo, etc. En la editorial tenía ocasionalmente una columna pseudofilosófica donde mezclaba comentarios de crímenes pasionales y teoría del cine. Si quieres te los paso.

—Un tío un poco raro.

—Era un buenazo. Pero algo pirado. Tenía ideas de cambiar el mundo y regenerar a los jóvenes... Ah, también escribía poemas.

—¿Poemas?

—Sí, eran tan raros y oscuros como su prosa.

—¿Cómo era su vida amorosa?

—De lo más secreta. No se le ha conocido novia y tenía aires afeminados, pero nunca se sabe.

—Ya veo... ¿Cómo te va el sabático?

—De puta madre, pero, como ves, me pierdo lo más suculento.

—Te has librado, diría yo. Bueno mira, que esto, desde Florida, te va a costar un huevo.

—Paga la empresa. Llamada profesional, ya sabes...

—Sí, sí. Ya sé. Pues nada, hasta pronto. Pásalo bien.

—Hasta pronto, y date prisa con el caso que estos son como veletas. Suerte, guapa.

—Chao.

Las 9:00 de la noche y viernes. Busqué en mi maleta lo más hortera que pude encontrar. Cargué el maquillaje. Insistí sin apenas darme cuenta en la línea sobre los ojos, achinándolos un poco. Rojo carmín en los labios y mucho colorete. Rojo y negro, estupendo.

Faltaba media hora para la cita con George pero quise tantear antes el terreno por mi cuenta. Me senté en la misma mesa del Miroir, pudiendo comprobar desde allí la discreta actividad en la puerta escondida. La camarera, que decidí coreana, me miraba ocasionalmente. Noté en ella cierto aire de disgusto. Desapareció para ser sustituida por un hombre de movimientos lánguidos y enorme bigote. El bar parecía tener un aire distinto, algo diferente que intuía especular. Opuesto al bar del otro lado, tras la puerta escondida, el bar donde yo me encontraba: jóvenes con gorra atiborrándose a cerveza; muchachas en tejanos con camiseta ajustada y bambas blanquísimas, gozando el ritual de los viernes. La verdad es que mi facha desentonaba bastante. Frente a mi caña larga de cerveza, espero.

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Copyright ©Alm@ Pérez, 1997
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Fecha de publicaciónJulio 1997
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