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Los misterios de la casa de mi abuela

Cuentos para niños y niñas

Un punto negro en el camino

Edith Checa
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[Toro]

La cocina de mi abuela era grande y luminosa. Había una mesa muy larga y muchos taburetes para que nos sentáramos los siete nietos. Por la ventana, que era de madera verde y cristales siempre limpios, entraba el frescor de la mañana; un aire limpio, de pueblo, que movía los visillos blancos que la abuela había bordado con dibujos pequeños de zanahorias color naranja —como son todas las zanahorias—. Entraba el frescor de la mañana mientras bebíamos chocolate caliente y mojábamos en él nuestro pan con mantequilla y exquisita mermelada de naranjas que hacía la abuela. Mermelada que ella nos preparaba en tarros de cristal para que la comiéramos durante todo el año en nuestras casas.

Ilustración de Lola Barquilla

Por la ventana se veía un camino muy largo con una hilera de árboles a cada lado. En verano producían una sombra acogedora que nos resguardaba del sol. Era tan largo el camino que un día mientras desayunábamos divisamos un punto negro allá a lo lejos, un punto negro que venía hacia nosotros, y no sabíamos qué era. Estuvimos jugando a ver quién adivinaba qué era aquel punto. Mi primo Roberto dijo que era un toro negro enorme con dos grandes cuernos blancos. Nos reímos, ¿cómo iba a ser un toro?, pero lo dijo convencido y apostó que recogería y limpiaría todas nuestras habitaciones si no acertaba. Y si ganaba la apuesta nosotros deberíamos limpiarle su habitación y estar a su servicio en todo lo que quisiera hasta que terminaran las vacaciones. Estaba tan seguro de que el punto negro era un toro que nos hizo sentir un poco de miedo. ¿Qué haríamos si fuera un toro el que venía hacia nosotros por el camino sombreado? Si se quedaba muchos días rondando la casa no podríamos salir a jugar. Eso no nos gustaba nada, así que decidimos que no sería un toro y aceptamos la apuesta. Mi prima Alicia dijo que el punto negro era el cartero que venía en bicicleta y traía puesto el uniforme de los domingos. Apostó que si acertaba deberíamos escribirle una carta cada uno de nosotros todos los días durante el primer trimestre de colegio, y que si perdía ella nos escribiría una carta a cada uno durante un mes. Aquella apuesta nos pareció superguay, sobre todo a mí, porque me gusta recibir cartas todos los días. Las cartas son susurrantes, parece que te las lee un gnomo al oído.

Era tal la seguridad con que Alicia decía que el punto negro era el cartero vestido de domingo que estuvimos a punto de dejar el juego. Pero mi hermano Alberto, que es muy listo, dijo: ¡Qué bobada es ésa! Los carteros no tienen uniforme para los domingos, porque los domingos no trabajan. Es el día en que descansan. Alicia frunció los labios y se le quedó un morro muy raro. Cuando se acabara el verano tendría que escribir seis cartas diarias durante un mes, es decir, ciento ochenta cartas. Nos hizo gracia porque le iban a salir agujetas en los dedos y se iba a gastar toda la paga del mes en los sellos.

El punto se había acercado ya un poquito, pero aún era muy pequeño para verlo bien. Así que Alberto se puso en pie y dijo: ¡Es un elefante que se ha escapado del circo que está en la ciudad!

Todos nos echamos a reír. ¿Cómo iba a ser un elefante?

—¿Por qué no? —dijo Alberto, un poco enfadado—. Es un elefante. Lo veo perfectamente con mis nuevas gafas. Si no acierto os haré los deberes de matemáticas que os han mandado a todos para estas vacaciones. Pero si acierto me haréis los deberes de sociales, naturaleza, inglés y lengua.

La apuesta nos pareció buena, así que decidimos aceptarla. Aunque no nos gustó la idea de que un elefante invadiera la finca de la abuela y se comiera los huevos de las gallinas, que tan ricos estaban con patatas fritas, los tomates y las lechugas de la huerta con los que nos hacía grandes ensaladas y, sobre todo, las naranjas con las que la abuela hacía la mermelada para los desayunos y las meriendas. Así que decidimos que no queríamos que fuera un elefante.

Julio, que siempre estaba hablando de seres del espacio interplanetario, dijo que el punto negro era una nave espacial, que estaba llenita de extraterrestres de color verde y que necesitaban niños para hacer experimentos. A todos se nos puso la carne de gallina. ¿Y si fuera cierto lo que decía Julio? ¿Y si el punto negro que se acercaba por el camino era una nave espacial? Julio dijo que si acertaba él sería siempre el único que se bañaría en la alberca cuando quisiera. Y cuando él decidiera seríamos libres de bañarnos. Lo malo de la apuesta era que a Julio le gustaba tanto el agua que se tiraba horas dentro y la abuela lo sacaba a la fuerza cuando estaba totalmente arrugado y violáceo. Si ganaba la apuesta no podríamos volver a bañarnos nunca. A cambio Julio dijo que, si perdía, no volvería a bañarse el resto del verano y sería el encargado de tender nuestros bañadores a secar. Aquella apuesta nos pareció increíble y magnífica puesto que era casi imposible que fueran extraterrestres los que venían hacia nosotros y por tanto íbamos a poder disfrutar de la alberca a nuestra anchas sin el pesado de Julio que siempre nos hacía ahogadillas.

Ilustración de Lola Barquilla

El punto negro seguía allí a lo lejos, como parado, y continuábamos sin saber qué era. Así que Marta dijo que era un simple tractor conducido por algún señor del pueblo que venía a la finca para arar la tierra de la abuela. No nos gustó aquella opción. Era muy aburrida. Pero la apuesta de Marta nos animó a seguir el juego. Marta apostó que si acertaba deberíamos fregarle los cacharros el día que le tocara y también ordeñar a la vaca Avelina, y que se quedaría con todas las chucherías que nos comprara la abuela los domingos cuando fuéramos al pueblo. Todos pusimos gesto de no estar conformes con la última parte de la apuesta, pero luego sonreímos. Marta dijo que si perdía la apuesta ella fregaría los cacharros de la cocina todos los días y nos daría las chuches que le pertenecieran.

Aquello se estaba animando, así que Alejandro dijo que el punto negro era seguramente el coche de alguno de nuestros padres, que venían a buscarnos porque habían decidido que no nos merecíamos estas lindas vacaciones con la abuela. Todos pusimos cara de horror, era la peor cosa que nos podía pasar. Preferíamos que fuera un toro, o un elefante, o los extraterrestres, antes que tener que irnos de la finca de la abuela, el sitio más maravilloso para pasar nuestras vacaciones. Alejandro estaba tan seguro de que el punto negro que se acercaba por el camino era el coche de alguno de nuestros padres que dijo que a partir de ese momento si acertaba deberíamos servirle la comida, prestarle todos nuestros juguetes y juegos y dejar que él tuviera el mando a distancia cuando la abuela nos diera permiso para ver la tele. A cambio, si perdía, él serviría la comida a todos y también daría de comer a todos los animales de la finca, a los patos, a las gallinas, a los conejos, a la vaca Avelina y por supuesto a los perros Roki y Melisa y a los queridos canarios Pimpón y Ronco.

Ilustración de Lola Barquilla

Justo cuando acababa de decirnos el final de la apuesta sucedió lo que ninguno esperaba. Habíamos estado tan distraídos que no apreciamos que el punto negro se había acercado hasta la casa y ya estaba allí parado. Nos quedamos todos con la boca abierta de la sorpresa. Y salimos para verlo. Era el viejo Samuel con su furgoneta desastrosa. Estaba repleta de zanahorias y las traía para dárselas a la abuela. Él nos miró con sus ojos lagrimosos y su boca desdentada y nos preguntó:

—¿Qué os pasa? ¿No habéis visto nunca una furgoneta cargada de zanahorias?

—Sí —dijimos todos.

Pero estábamos alucinados, más bien decepcionados.

Entonces yo le pregunté a Samuel que cómo traía tanto cargamento de zanahorias. Samuel me dijo que parte de ellas eran para los conejos y otra gran parte para la mermelada famosa que hacía la abuela.

—¿Mermelada? —gritamos todos.

—Sí —dijo el viejo Samuel—, vuestra abuela os hace mermelada de zanahorias y me ha dicho que os encanta, que a veces incluso la coméis a cucharadas de lo que os gusta. Ella os preparará muchos botes para que tengáis todo el invierno.

—Imposible —dijo Alberto—. La abuela nos hace mermelada de naranjas, que está buenísima. A mí las zanahorias no me gustan.

—Anda, anda, cómo os engaña la abuela —dijo Samuel riendo—. Pero claro, lo hace por vuestro bien, porque las zanahorias tienen muchas vitaminas.

Después de decir esto se alejó de nosotros para entrar en la casa y buscar a la abuela.

Nadie reaccionaba, los siete estábamos oji-boqui-abiertos. La abuela había conseguido que comiéramos las abominables zanahorias sin que nos diéramos cuenta. El color naranja de la mermelada nos había convencido. Y la verdad, ahora que lo recordábamos no había cosa más exquisita que esa mermelada de zanahorias. Nos hizo gracia la estrategia de la abuela. Y a mí me hizo gracia la mía, porque como no me gustan las apuestas no aposté nada, y por tanto no perdí. A partir de ese día Roberto tendría que limpiarme la habitación. Alicia debería escribirme una carta todos los días durante un mes cuando comenzara el colegio. Alberto me haría todos los deberes de matemáticas. Julio no volvería a hacerme más ahogadillas en el agua y pondría a secar mi bañador todos los días. Marta fregaría mis platos el día que me tocara a mí fregarlos, me daría parte de sus chuches y ordeñaría por mí a la vaca Avelina. Por último Alejandro me serviría la comida todos los días y me sustituiría el día que me tocara dar de comer a todos los animales de la finca.

Aquel verano fue maravilloso, disfruté como nunca en la finca de la abuela. Aprendí que las cosas nunca son como parecen a primera vista, que hay que esperar un poco para verlas de cerca antes de hablar. Aprendí que no es bueno apostar y jugarte cosas que te dolerían si perdieras, y, sobre todo, que me encantan las zanahorias.

Ilustraciones: Lola Barquilla
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Copyright ©Edith Checa, 2001
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Fecha de publicaciónEnero 2001
Colección RSSJuve
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